lunes, 20 de febrero de 2012

Mi primera bodega con huella de carbono



Fin de semana de enoturismo en Madrid. Para los que lo dudan, decirles que la oferta es más que amplia. Vinos de Madrid es además de interesante, sorprendente.
Qubel por ejemplo. Recomendación de Manel Colmenero, de Ocio Vital. En Pozuelo del Rey, una pequeña y carismática bodega se alza con más de un trofeo. Sus vinos, el respeto al medio ambiente, un elegante y acogedor centro de enoturismo y sus dueños.
A Estrella Ortí no llegamos a conocerla por motivos profesionales. A Carlos Gosálbez, sí. Un gran anfitrión, de origen valenciano. Tan atento y didáctico como apasionado por su trabajo.
Creo que no cambiaría por nada ni por nadie esos viñedos a 777 metros de altitud que no vimos - q lástima- ni por un Boeing, a pesar de ser piloto de profesión y estar a punto de emprender el vuelo en un ambicioso proyecto de investigación medioambiental por el Círculo Polar Ártico. Luego lo cuento.
Qubel empieza a comercializar sus caldos en 2002. Son vinos ecológicos muy correctos
que cada paladar deberá valorar por él mismo. A mi me apasiona tanto o más que
la cata de sus vinos, la historia de la pareja que emprende un proyecto nuevo y que se desvive por dar a conocer lo que dan sus viñedos madrileños. Con Carlos entender los principios
de la viticultura de calidad es fácil. Es apetecible. Demuestra grandes
conocimientos (algo le ayudarán a pesar que él lo niegue sus estudios de ingeniería química) y queda claro que en cada gesto que interviene en el proceso de producción y
elaboración de sus caldos, están presentes sus principios.
Aprendemos de él. Mucho.
Sobre la variedad Malvar, autóctona de Madrid.

Sobre la vinificación de variedades por separado.
Sobre lo que hay detrás de la expresión “vino acostumbrado, pan variado”.
Sobre la importancia de dar complejidad al proceso.
Para conseguir ese vocablo tan de moda “tipicidad” y tan reivindicado en tiempos
complejos como los de hoy para la comercialización.
Para que la copa nos descubra cosas distintas y particulares, luego.

En Qubel aprendemos de viticultura, de trato humano y de enoturismo.
Un centro acogedor y repleto de artículos vinculados al mundo del vino está a disposición
del visitante, a pocos metros de la bodega. Hasta velas con aromas a
variedades. El mundo del vino no tiene límites. Y una cata excelentemente
organizada. Blanco – ese q tanto jaleo da a Carlos en el proceso de elaboración
– y dos tintos uno de ellos crianza. Agradan. Y en ellos se descubren aromas y
gustos desconocidos, y algo más.
Sin percibirlo, a los que no necesitamos que nos digan lo que estamos en deuda con el planeta, nos emociona descubrir que es la primera bodega con la distinción de huella de carbono de AENOR, concedida al vino joven Qubel. Calculadas sus emisiones en el proceso de elaboración y distribución, éstas ascienden a 4 tonelades, 1,6kg de CO2 por botella. Un sello que además de eficiencia y transparencia demuestra el compromiso de la bodega con el planeta.

Y creo que esta certificación tendrá que ir ganando protagonismo puesto que como
en otros productos, es un sello de calidad que al consumidor no de debería dejar indiferente.
Y lo del viaje al Ártico, sigan @arktko y verán que proyecto se lleva Carlos
entre manos. Vuelos + investigación + cambio climático + información instantánea = Sostenibilidad y emprendeduría. Suerte y que el despegue sea plácido y amable como los vinos.